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La Feria Jubilosa de Acapulco
Desde el cabo San Lucas se avista a la nao de China y no tardan en llegar noticias de su aparición a diferentes puntos de la Nueva España. Ya se atestará de viajeros el camino de la ciudad de México al puerto de Acapulco, camino que sobrenombran la ruta de la China.
Pronto vera Acapulco quintuplicada su población, lo que por la feria regularmente ocurre a fines o principios de año. El capitán del galeón de Manila, asimismo conocido por gentilhombre de pliegos, hasta que esta costumbre se prohíba, a mediados del siglo XVIII, no desembarca en Acapulco, sino en Zacatula, para seguir por el Balsas rumbo a la capital de la Nueva España. Nadie debe acercarse al navío en canoa para recibir parte de su cargamento, previa su llegada al puerto de Acapulco. Ya en el, la hinchada nao abre su panza y echa, aparte de esclavos índicos y malayos, barriles de especias, lacas, sedas, cerámicas, biombos, marfiles, porcelanas, ricas piezas de orfebrería. . .
En Acapulco, relata Humboldt, “ordinariamente se reúnen algunas casas poderosas de México para comprar todos los géneros juntos y ha sucedido que se venda el cargamento antes que en Veracruz se tenga noticias del galeón. Esta compra se lleva al cabo sin abrir los bultos”, prosigue el barón, “y aunque en Acapulco acusan a los comerciantes de Manila de lo que llaman trampas de la China. es menester confesar que este comercio entre dos países, tres mil leguas distante uno de otro, se hace con suficiente buena fe, y tal vez aun con mas honradez que el comercio entre algunas naciones de la Europa civilizada, que nunca han tenido la menor relación con los comerciantes orientales”.
En una de tales ferias, el capitán Miguel Sosa, de Puebla, se interesa por una muchachita de 13 años que llega en 1619 a Acapulco, sucia y desarrapada, junto con otros esclavos. Dirá ella luego trabajando como criada del capitán poblano, que es Mirra, princesa de la India, hija del Gran Mogol; que unos piratas Portugueses la raptaron, la bautizaron jesuitas con el nombre de Catarina de San Juan y fue a dar al mercado de Manila, de donde la trajeron a la Mueva España. En Puebla viste ropajes pobres y oscuros, derivando en un extraño misticismo. Sin embargo, por aberraciones de la fama pública difíciles de explicar, la Catarina que tiende a beata se vuelve, tras de su muerte, símbolo colorido y bullicioso en calidad de la China Poblana.